domingo, 20 de diciembre de 2015

Canción a Córdoba

Te contaré de mi tierra:
aquélla del agua clara,
ésa que llevo aquí dentro...

Del aroma de naranjas
descarado en la ventana
como un amanecer fresco,

de ese secreto que guardan
alondras enamoradas
que bailan con aleteos
perdidas entre callejas
mientras te cuentan cantando,
entre las briznas del tiempo,
la belleza del desgarro
en coplas y cancioneros
a las mujeres que tienen
negro pelo y almas tristes...

En este día gris lamento
¡que tengo mis flores secas
y el olor a primavera
de mi corazón tan lejos!


jueves, 19 de noviembre de 2015

Árbol

El canto del mundo pegándose en los dedos
como arena
Invadiéndome
Estamos hechos de lo mismo
y ya no me reconozco
Poco a poco cortamos los hilos
y Aracne me enseñaba
con una destreza irresistible

Pero ya no es divertido
porque es triste marchitarse

Siémbrame riégame
Si gritara más alto te ahogaría
Si cantara más herida te haría daño
Nunca me has oído cantar
mi pedazo de tierra
Si así fuera mis raíces te habrían llegado al corazón
y su dulzura sería savia nueva
Florecería
Mis ramas serían cobijo
y frutos, mis frutos
Que se los coman los pájaros
tus hijos
y los míos

Mas no sabes de qué hablo
porque no comprendes qué se siente al brotar de lo más hondo
después de caer

Podría explicarte tantas cosas que hasta Dios
se sorprendería

Pero ya verás que un día de primavera
casi sin aviso
mis flores volverán a perfumar.


martes, 17 de noviembre de 2015

5

Una vez viví en una casa
Que a lo mejor ya no es mi casa
Y es más tuya que mía, hermana

Quizá el día que volvamos a encontrarnos
Tú ya no seas tan tú
Sino que serás mayor de pronto y de pronto
Menos suave
Y más llena de recónditos rincones

Es posible que mañana
Tu risa ya no sea tu risa
Tal vez una sombra de algo hermoso
Que ya no recuerdas
Pero te tocó con su dedo de niño
Allá cuando aún sabías soñar

Puede que ese día la luz
Sea distinta
Y el atardecer tenga menos de adiós cálido
Y la noche

[No la noche no cambiará nunca]

Y la noche.

Quizá cuando meta el corazón en la maleta
Y vuelva a ver con estos ojos
Ya no haya los mismos árboles en la calle
Ni el cartero camine tan deprisa
Ni mi madre huela a flores secas
Ni pueda decirle a aquel hombre buenos días
Ni la sangre corra igual
Ni el tiempo

Ni yo parezca yo 

y ni siquiera lo sea


sábado, 31 de octubre de 2015

Momento de revelación (Marcel Proust).

(“Momento campanario: soy un escritor”)

Desde aquel día, en mis paseos por el lado de Guermantes sentí con mayor pena que nunca carecer de disposiciones para escribir y tener que renunciar para siempre a ser un escritor famoso. La pena que sentía, mientras que me quedaba solo soñando a un lado del camino, era tan fuerte; que para no padecerla, mi alma, espontáneamente, por una especie de inhibición ante el dolor, dejaba por completo de pensar en versos y en novelas, en un porvenir poético que mi falta de talento me vedaba esperar. Entonces, y muy aparte de aquellas preocupaciones literarias, sin tener nada que ver con ellas, de pronto un tejado, un reflejo de sol en una piedra, el olor del camino, hacíanme pararme por el placer particular que me causaban y además porque me parecía que ocultaban por detrás de lo visible una cosa que me invitaban a ir a coger, pero que, a pesar de mis esfuerzos, no lograba descubrir. Como me daba cuenta de que ese algo misterioso se encerraba en ellos, me quedaba parado, inmóvil, mirando, anheloso, intentando atravesar con mi pensamiento la imagen o el olor. Y si tenía que echar a correr detrás de mi abuelo para seguir el paseo, hacíalo cerrando los ojos, empeñado en acordarme exactamente de la silueta del tejado o del matiz de la piedra, que sin que yo supiera por qué, me parecieron llenas de algo, casi a punto de abrirse y entregarme aquello de que no eran ellas más que vestidura. Claro que impresiones de esa clase no iban a restituirme la perdida esperanza de poder ser algún día escritor y poeta porque siempre se referían a un objeto particular sin valor intelectual y sin relación con ninguna verdad abstracta. Pero al menos proporcionábanme un placer irreflexivo, la ilusión de algo parecido a la fecundidad, y así me distraían de mi tristeza, de la sensación de impotencia que experimentaba cada vez que me ponía a buscar un asunto filosófico para una magna obra literaria. Pero el deber de conciencia que me imponían esas impresiones de forma, de perfume y de color -intentar discernir lo que tras de ellas se ocultaba- era tan arduo, que en seguida me daba excusas a mí mismo para poder sustraerme a esos esfuerzos y ahorrarme ese cansancio. Por fortuna, entonces me llamaban mis padres, y yo veía que en aquel momento carecía de la tranquilidad necesaria para proseguir mi rebusca, y que más valía no pensar en eso hasta que volviera a casa, y no cansarme inútilmente por adelantado. Y ya no me preocupaba de aquella cosa desconocida que se envolvía en una forma o en un aroma, y que ahora estaba muy quieta porque la llevaba a casa protegida con una capa de imágenes, y luego me la encontraría viva, como los peces que traía cuando me dejaban ir de pesca, en mi cestito, bien cubiertos de hierba, que los conservaba frescos. Una vez en casa, me ponía a pensar en otra cosa, y así iban amontonándose en mi espíritu (como se acumulaban en mi cuarto las flores cogidas en mis paseos y los regalos que me habían hecho) una piedra por la que corría un reflejo, un tejado, una campanada, el olor de unas hojas, imágenes distintas que cubren el cadáver de aquella realidad presentida que no llegué a descubrir por falta de voluntad. Hubo un día, sin embargo, en que tuve una sensación de ésas y no la abandoné sin haberla profundizado un poco: nuestro paseo se había prolongado mucho más de lo ordinario, y a la mitad del camino de vuelta nos alegramos mucho de encontrarnos con el doctor Percepied, que pasaba en su carruaje a rienda suelta y nos conoció y nos hizo subir a su coche. A mí me pusieron junto al cochero; corríamos como el viento, porque el doctor tenía aún que hacer una visita en Martinville le Sec; nosotros quedamos en esperarlo a la puerta de la casa del enfermo. A la vuelta de un camino sentí de pronto ese placer especial, y que no tenía parecido con ningún otro, al ver los dos campanarios de Martinville iluminados por el sol poniente y que con el movimiento de nuestro coche y los zigzags del camino cambiaban de sitio, y luego el de Vieuxvicq, que, aunque estaba separado de los otros dos por una colina y un valle y colocado en una meseta más alta de la lejanía, parecía estar al lado de los de Martinville.

Al fijarme en la forma de sus agujas, en lo movedizo de sus líneas, en lo soleado de su superficie, me di cuenta de que no llegaba hasta lo hondo de mi impresión, y que detrás de aquel movimiento, de aquella claridad, había algo que estaba en ellos y que ellos negaban a la vez. Parecía que los campanarios estaban muy lejos, y que nosotros nos acercábamos muy despacio, de modo que cuando unos instantes después paramos delante de la iglesia de Martinville, me quedé sorprendido. Ignoraba yo el porqué del placer que sentí al verlos en el horizonte, y se me hacía muy cansada la obligación de tener que descubrir dicho porqué; ganas me estaban dando de guardarme en reserva en la cabeza aquellas líneas que se movían al sol, y no pensar más en ellas por el momento. Y es muy posible que de haberlo hecho, ambos campanarios se hubieran ido para siempre a parar al mismo sitio donde fueran tantos árboles, tejados, perfumes y sonidos, que distinguí de los demás por el placer que me procuraron y que luego no supe profundizar. Mientras esperábamos al doctor, bajé a hablar con mis padres. Nos pusimos de nuevo en marcha, yo en el pescante como antes, y volví la cabeza para ver una vez más los campanarios, que un instante después tornaron a aparecerse en un recodo del camino. Como el cochero parecía no tener muchas ganas de hablar y apenas si contestó a mis palabras, no tuve más remedio, a falta de otra compañía, que buscar la mía propia, y probé a acordarme de los campanarios. Y muy pronto sus líneas y sus superficies soleadas se desgarraron, como si no hubieran sido más que una corteza; algo de lo que en ellas se me ocultaba surgió; tuve una idea que no existía para mí el momento antes, que se formulaba en palabras dentro de mi cabeza, y el placer que me ocasionó la vista de los campanarios creció tan desmesuradamente, que dominado por una especie de borrachera, ya no pude pensar en otra cosa. En aquel momento, cuando ya nos habíamos alejado de Martinville, volví la cabeza, y otra vez los vi, negros ya, porque el sol se había puesto. Los recodos del camino me los fueron ocultando por momentos, hasta que se mostraron por última vez y desaparecieron. Sin decirme que lo que se ocultaba tras los campanarios de Martinville debía de ser algo análogo a una bonita frase, puesto que se me había aparecido bajo la forma de palabras que me gustaban, pedí papel y lápiz al doctor, y escribí, a pesar de los vaivenes del coche, para alivio de mi conciencia y obediencia a mi entusiasmo, el trocito siguiente, que luego me encontré un día, y en el que apenas he modificado nada:

 “Solitarios, surgiendo de la línea horizontal de la llanura, como perdidos en campo raso, se elevaban hacia los cielos las dos torres de los campanarios de Martinville. Pronto se vieron tres; porque un campanario rezagado, el de Vieuxvicq, los alcanzó, y con una atrevida vuelta se plantó frente a ellos. Los minutos pasaban; íbamos aprisa, y, sin embargo, los tres campanarios estaban allá lejos, delante de nosotros, como tres pájaros al sol, inmóviles, en la llanura. Luego, la torre de Vieuxvicq se apartó, fue alejándose, y los campanarios de Martinville se quedaron solos, iluminados por la luz del poniente, que, a pesar de la distancia, veía yo jugar y sonreír en el declive de su tejado. Tanto habíamos tardado en acercarnos, que estaba yo pensando en lo que aún nos faltaría para llegar, cuando de pronto el coche dobló un recodo y nos depositó al pie de las torres, las cuales se habían lanzado tan bruscamente hacia el carruaje, que tuvimos el tiempo justo para parar y no toparnos con el pórtico. Seguimos el camino; ya hacía rato que habíamos salido de Martinville, después que el pueblecillo nos había acompañado unos minutos, y aún solitarios en el horizonte, sus campanarios y el de Vieuxvicq nos miraban huir, agitando en señal de despedida sus soleados remates. De cuando en cuando uno de ellos se apartaba, para que los otros dos pudieran vernos un momento más; pero el camino cambió de dirección, y ellos, virando en la luz como tres pivotes de oro, se ocultaron a mi vista. Un poco más tarde, cuando estábamos cerca de Combray y ya puesto el sol, los vi por última vez desde muy lejos: ya no eran más que tres flores pintadas en el cielo, encima de la línea de los campos. Y me trajeron a la imaginación tres niñas de leyenda, perdidas en una soledad, cuando ya iba cayendo la noche: mientras que nos alejábamos al galope, las vi buscarse tímidamente, apelotonarse, ocultarse una tras otra hasta no formar en el cielo rosado más que una sola mancha negra, resignada y deliciosa, y desaparecer en la oscuridad”.

No he vuelto a pensar en esta página; pero recuerdo que en aquel momento, cuando en el rincón del pescante donde solía colocar el cochero del doctor un cesto con las aves compradas en el mercado de Roussainville la acabé de escribir, me sentí tan feliz, tan libre del peso de aquellos campanarios y de lo que ocultaban, que, como si yo fuera también una gallina y acabara de poner un huevo, me puse a cantar a grito pelado.

Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido".

viernes, 30 de mayo de 2014

Homenaje a Mamá



El tema del trabajo final del III Taller de Fotografía y Literatura de la Escuela de Arte Antonio Povedano, que exponemos en la Diputación de Córdoba, es la familia. Éste es el humilde homenaje que le hago a mi madre.


Mi madre es la mezcla perfecta entre un abrazo
una puerta abierta
una bella risa
y un libro

Como buena madre me extravió
en el camino a Macondo
en el París de Rayuela
en Castilla
Me dejó volar 
y aún hoy sigo perdida
en ese amor inmenso

    literatura

que me da la vida

Mi madre es la razón de amar el conocer
Del querer conocer más que nada

Mi madre es la razón de amar a todas las madres

Mi madre sabia y soñadora
pequeña y descarada
mi madre amiga
mi madre madre




miércoles, 23 de octubre de 2013

Otra vez será, Blancanieves.

Algo está cambiando, dicen.

No hay nadie que a estas horas no haya escuchado sobre las declaraciones de un eufórico Emilio Botín, afirmando sin titubear ni un poquito que a España está llegando dinero de todas partes, que todo el mundo está pensando invertir en España. Que nos podríamos limpiar el culo con billetes, le faltó añadir.

Cómo ignorar asimismo a nuestro señor ministro de Hacienda, señor Montoro, que inflando pecho cual palomo orgulloso asegura, con semblante imperturbable, que no sólo es que se vea una lucecita al final del túnel de nuestra desgracia, sino que ya estamos saludando la salida del mismo. Añado además su perla estrella: “Los salarios en España no sólo no están bajando, señoría, sino que están subiendo moderadamente”. No soy capaz aún de discernir a qué salarios se referirá este hombre, o quizá yo esté más miope de lo habitual; de todas maneras, si alguien es capaz de afirmar semejante hecho aun después de mirar mínimamente a su alrededor de forma global, significará que o que puede acceder a un nivel de conocimiento de la realidad que a los demás mediocres de abajo nos está vedado, o que sencillamente el hombre es un cachondo. Oye, que bien nos hace falta el humor en los tiempos que corren.

¡Y el señor presidente Rajoy! También se suma al carro del optimismo, no faltaba más. Porque ante los japoneses hay que presumir de que los costes salariales han bajado (¿pero no decía el señor Montoro que estaban subiendo los salarios?), y ante los líderes iberoamericanos, que España está saliendo de la crisis con una economía saneada y reforzada. Así, sin más, toma. Que estamos saliendo de la crisis, señores.

Y claro, una a veces se pregunta si este escepticismo redomado que me obliga a no creerme ya casi ninguna de las buenas noticias sobre economía que pueden oírse no me estará cegando hasta el punto de ya por rutina negarme a ver ninguno de los brotes verdes que esta gente tan insistentemente defiende; si me habrá embargado la desesperanza sin remedio. Porque piensa una servidora, si esta gente en cuyas manos hemos dejado el timón del país afirma una y otra vez que estamos saliendo del agujero, será por algo. Porque ellos están viviendo la misma crisis que todos los demás. O se supone.

No estoy aquí hoy para discutir esos datos. No tengo en mi poder la base y el conocimiento suficiente que me permita apoyar o contradecir esas afirmaciones; que esté entrando dinero a espuertas, que la economía se esté saneando, que estemos remontando esta situación de tragedia social. No lo sé, aunque me gustaría saberlo, ojalá pudiese decirlo, pero por ahora sólo puedo mirar alrededor y, con mucho pesar, afirmar que todo lo veo… igual. Igual de mal.

Pero como no lo sé, digo lo que vengo a decir. Que me daría pena que de verdad estuviésemos saliendo de la crisis.


Y me voy a explicar.

La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. Eso dijo Einstein. Que la creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche.

Y yo os pregunto.

¿Hemos mejorado?

No quiero que la crisis haya acabado porque no quiero que nuestro momento haya pasado con ella, haya muerto con ella. Nos hemos enfrentado a una ruptura brutal, a una demolición de nuestra forma de vida habitual, de nuestra estabilidad. Todo se ha venido abajo. Y ahí teníamos una oportunidad.

De sacar del desconsuelo la fuerza, de tornar la indefensión y el no comprender en ganas de comprender, en nuevo conocimiento. Ahora que echo la vista atrás y pienso en todo lo que llevamos a nuestras espaldas, recuerdo el 15M, reflexiono sobre la PAH, sobre todas esas pequeñas o no tan pequeñas iniciativas que luchaban porque se nos diera un lugar en esta coyuntura de pesadilla; una vía para expresar nuestra opinión y disconformidad sobre las soluciones que nos han dado, sobre los culpables que han señalado, sobre alternativas que no echaran la carga sólo a los hombros del de abajo. Pienso en todo eso y me entra una prisa terrible.

¿Dónde hemos estado estos años? ¿Hemos reflexionado, opinado, expresado lo que sentimos, salido a la calle a pelear por lo que nos están quitando? Muy poco. Quizá porque poco a poco hemos conseguido que todas aquellas personas que alzan la voz en un momento de dificultad parezcan unos idealistas, unos perroflautas, unos rojos anarquistas  o unos a los que sólo les gusta montar jaleo. O lo que es aún peor, personas que hacen algo que no sirve para nada.

Y quizá sí servía. Lo que sí es seguro es que lo que no sirve de nada es no hacer nada.

Veo a mi sufrido país como a la hermosa princesa dormida que espera a su príncipe. Imagino el beso salvador como la chispa que nos habría hecho saltar y decir que hasta aquí hemos llegado. Pero hoy, a 23 de octubre de 2013, cuando muchos por ahí se ufanan en afirmar que todo está acabando, Blancanieves tiene los labios desgastados de los besos, pero no ha despertado. Ha aguantado el cinturón apretado, los despidos, la quiebra de sus empresas, los recortes en sanidad, que su hijo no pueda pagarse la universidad, el trabajo cada vez más precario, sin casi levantarse del sofá ni cuestionarse el porqué de ese ensañamiento. Y por eso son aún más de admirar aquellos que sí lo han intentado, pero cuando la lucha es entre el poder del dinero y el poder del pueblo, la unidad es imprescindible. La masa lo es.

Lo siento, princesa. Es posible que aún nos quede tiempo para hacerte abrir los ojos, no hay que perder la esperanza. Pero por si acaso… Sólo nos queda desearnos que por lo menos, mientras tanto, nos traguemos los dulces sueños que nos venden.


lunes, 7 de octubre de 2013

El tránsito

La duda es cómo empezar algo que no tiene un comienzo que se pueda recordar.

La señora agarra la barandilla; está caliente aún. Pasa la mano con suavidad sintiendo el traspaso del recuerdo a su cuerpo del calor del sol de todo el día. Qué sensación tan agradable, musita. Acabo de robar la única prueba del paso de las horas. Parece que de pronto se da cuenta de la relevancia de sus palabras, y como quien se aferra a algún tesoro huidizo, aprieta con fuerza el metal. Se ríe, es en vano: el sol no se detiene, baja, baja más siguiendo su camino de raíl; pronto encenderá las montañas que lo ocultan y, como preludio, la señora siente el destello de la barandilla fría. Otra vez será, mujer, parece decirle, pero no se preocupe, la función será infinitamente repetida.

La señora se da la vuelta y entra en la casa; el brusco cambio de temperatura junto a la repentina oscuridad la desconcierta por un momento. Algo extraño, sin duda, pues ¿cómo pueda ser que se sorprenda de algo que ve todos los días, algo que va con la casa misma? En medio de los olivos el sol es ardiente, aplacador, mas en su pequeña fortaleza esto parece no existir.

Vuelve a salir apresurada, como quien busca el oxígeno. Agarra el tirador de la campana que hay junto a la puerta, y no sabe por qué impulso irónico, quizá de esperanza, llama. El sonido es fuerte y se extiende en el aire como las ondas de piedra lanzadas contra el agua. Silencio. Sigue el impulso, vuelve a llamar.

Está sola.
Está sola y lo sabe.

Está sola desde hace tanto tiempo que hasta su voz le suena ajena, como si no debiera estar ahí, no casa con el resto de sonidos que le rodean. Las chicharras se frotan las alas y chirrían, las hojas susurran y aplauden, el agua suena a cristal. Esas son ahora las auténticas voces de su mundo, a lo que se reduce su expresión; acuña desde hace tiempo que el olvido no tiene voz propia.


¡Qué vida ésta…!

¡Qué vida ésta la de los muertos!



Fin.